La oscuridad habitada


De los claroscuros que hay bajo el cielo raso de México, el fotógrafo Marco Antonio Cruz ha querido documentar los que se relacionan con el modo de vida de los ciegos, una minoría que las estadísticas oficiales no precisan, pero que algunos investigadores y periodistas calculan en no menos de 400 mil personas; hombres, mujeres y niños que por mandato de los genes, a causa de un desafortunado accidente, debido a una infección desatendida o por falta de recursos que hubieran costeado la intervención o el tratamiento adecuados, han sido excluidos de los juegos que la luz hace cuando se abraza el contorno de las formas, el mundo de las apariencias en el que todos ellos se mueven a tientas, guiados por los otros ojos del gusto, el oído, el olfato y la piel.

El fotógrafo sabe ahora que su recorrido por esa provincia de las sombras comenzó en los días de su infancia poblana, cuando conoció a un hombre gentil, enceguecido por la carga de los años, que lo entretenía con el relato de sus increíbles aventuras como soldado carrancista y a quien acompañó en su lecho de muerte. Quizá desde entonces aprendió que, detrás del velo y la niebla que opacan la mirada de los invidentes la vida sigue, intacta en su voluntad de conocimiento y en poder de invención.





Hacia 1987, al concluir su foto-ensayo dedicado al ambiente y personajes de la “La Hija de los Apaches”, el tributo a Nacho López que realizó con colaboración de los parroquianos de esa pulquería de la avenida Cuauhtémoc, a la vez templo de la diosa Mayahuel y mausoleo de exboxeadores, Marco Antonio Cruz dio comienzo a su pesquisa en torno a los invidentes mexicanos, primero en la metrópoli capitalina y después en algunos estados de la república. Los primeros que encontró estaban donde la fuerza de la costumbre mandaba que estuvieran, en los lugares y roles que el orden escrito y no escrito de la convivencia citadina tiene como disponibles para quienes, al padecer alguna limitación o malformación física, están obligados a provocar la piedad de los transeúntes y solicitar los óbolos de las almas caritativas. Esos ciegos eran, sobre todo, los anónimos y pedigueños músicos que recorrían con su animación de boleros y canciones rancheras las calles del centro histórico de la ciudad de México. A ellos correspondieron unas imágenes con las que el fotógrafo ironizaba sobre el festín visual y publicitario de la gran ciudad en el que no tenían cabida esos ciudadanos de segunda, consumidores imposibles de estilos, modas y maquillajes que en su mundo resultaban innecesarios; la danza de los rótulos, señalizaciones y displays que jamás tomaban en cuenta a los azorados y recelosos ojos de quienes, sin ver, a diario tenían que remar contra la corriente de las turbas aguas del tráfico peateonal y el transporte colectivo. Tiresias en la nave de los locos, en el laberinto del sálvese-quien-pueda.




Trascendida esa primera impresión callejera, a lo largo de la siguiente década Marco A. Cruz buscó entrar a la esparcida y difusa ciudadela de los ciegos, seguir la pista de algunos de sus refugios y trayectos, conocer sobre sus dificultades y carencias, recoger el testimonio singularizado de lo que cuesta pertenecer al México invidente. En Coahuila, Chiapas, Veracruz y en la propia ciudad de México, los ciegos que aceptaron ser los protagonistas de su registro fotográfico se alejaron, por su propio pie, de la conmiseración y el tremendismo. Los gestos de sus cuerpos y los entornos en que se prolongaban no eran sino la parte visible de un trabajo interior, la fachada de los esfuerzos mediante los que la oscuridad se había construido, desde el tacto y la memoria, como un espacio habitable, reconocible, propio.

 

Discretas, todas oídos, las fotos de Cruz se dispusieron a escuchar el crudo y sencillo relato que hablaba de las estrategias con las que un grupo de individuos sorteaba sus obstáculos y encaraba su destino; una trama que muy poco tenía que ver con los clichés literarios o fílmicos de la ceguera, fueran éstos el clásico “Hipólito” de Santa, la exitosa novela porfiriana de Federico Gamboa, o el personaje principal de “De que color es el viento”, la película, seguramente ya olvidada, que en los años setenta dirigiera Servando González.

El hombre de la cámara que los localizó en sus escuelas o trabajos, quien los visitó en sus hogares y les preguntó sobre la historia clínica de su visión perdida, sobre la dificultad de sus labores y el beneficio de sus terapias, había entendido, por fin, que la ceguera era una diferencia pero de ningún modo una condena y mucho menos un estigma; que la invidencia era uno de las maneras –acaso la más paciente, la más atenta-, con las que el mundo se puede percibir y hacer inteligible en su cotidiana y miscelánea maravilla. Todo eso que de manera tan hermosa y convencida defendió el escritor francés Jacques Lusseyran, autor del libro Et la lumiére fut, para quien resultaba insultante la socorrida “noche” con la que los videntes gustamos metaforizar la condición de los ciegos y quien nos previno sobre los peligros de subordinarnos al sentido de la vista; una simple herramienta convertida en el ídolo por una cultura demasiado preocupada por las apariencias y excesivamente confiada en lo que los ojos dan por bello y verdadero.

Sin esa paciencia y esa atención que aprendió de sus propios retratados, Marco A. Cruz jamás hubiera tenido acceso a la intimidad de los ciegos mexicanos, una suma de islas y archipiélagos humanos que, con unos cuantos apoyos institucionales y privados a favor, pero con el peso de la indiferencia y los prejuicios en contra, siguen sin resignarse al relegamiento social.

En la serie sobre niños que este suplemento publica, la cual forma parte de su amplia cobertura sobre el México invidente, el fotógrafo ofrece documentos que son la ves explícitos y elusivos. En la superficie hay unos infantes ciegos, y algunos que luchan por no serlo todavía no lo son del todo, quienes cumplen la rutina de sus aprendizajes, esparcimientos y curaciones. Asimismo, las imágenes nos devuelven la proyección de nuestros miedos ancestrales: la posibilidad de que fuéramos nosotros o nuestros hijos quienes estuvieran bajo el manto de esa oscuridad que suponemos amenazante. En tercera lectura, libres de esos temores y reflejos, colocados en el revés de este intercambio de miradas, pareciera, que somos nosotros los sujetos a observación y las imágenes quienes nos auscultan. En este posible desdoblamiento , no tiene caso hurgar en la materia capturada dentro de los límites del encuadre, ni rebuscar en el suelo de su minúsculo trozo de realidad. La imagen ya está en otra parte, se ha escurrido por la rendija de los ojos ciegos, es una anticipación o un recuerdo, una inalcanzable sucesión de sonidos, olores y texturas, donde los videntes que la buscamos somos un dato más, una vibración de las tantas que flotan en el aire. Ya para entonces la foto es el mundo que queda más allá de esa alberca donde un niño aprende a vérselas por si solo. Incipiente, temeroso, esperanzado navegante.