Los ciegos sienten la luz, la huelen, la escuchan. Videntes en la oscuridad, una flama esclarece su noche.

Poco sabía yo de los ciegos. Mi último recuerdo llegaba de un tiempo viejo, reportero de “Excélsior” en la mitad del siglo pasado. Los había visto en el hogar que Benito Juárez construyó para ellos en la calle de Valladolid, casona de muros oscuros y árboles grises. Entre voces altas que no alcanzaban el grito y maldiciones de todo género, jugaban softbol. La pelota era grande y el bat una tabla de poco peso. Cercano al bateador, el pitcher lanzaba el proyectil a home y su adversario la golpeaba con toda la fuerza de su débil musculatura. A fuerza de entrenar, afinado el oído hasta la magia para seguir el vuelo de la pelota, el jugador del cuadro o de los jardines tiraba a la primera base. El árbitro, cualquiera que fuera su decisión, safe o out, desataba la algarabía. Llegué a pensar que a los ciegos les brillaban los ojos.



A Marco Antonio Cruz le debo mi relativa cercanía con los ciegos. Atado a su trabajo como un enamorado de una sola mujer, mostraba sus fotos lentamente. Los seguíamos los asistentes al acto de premiación que organizó “Nuevo Periodismo” en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey el ocho de abril del 2002. Marco Antonio, estelar en la reunión, desplegaba su trabajo, punzante, doloroso. Un momento detuve mi atención en Gabriel García Márquez, presidente de la fundación.

El escritor se concentraba en el fotógrafo con atención reverente.

Los ciegos aparecían como solemos verlos, despojados de encanto, la gracia ausente. Sus cuerpos expresaban debilidad y la agrietada corteza de su piel acusaba la falta de savia. Una nota daba unidad a la colección desencantada: la pobreza sin remedio, la muerte que ya estaba allí.




Formaban el entorno los cuartuchos, los cacharros, la ropa gastada, la ausencia de los llamados colores calientes. No obstante el desamparo, platicaba Marco Antonio que aun en la más patética circunstancia, asomaba en las fotos la belleza de un dios creador de todas las cosas.

De pronto Marco Antonio me lanzó al sobresalto. Enseñaba a un fotógrafo ciego, armado a la antigua con una cámara que le colgaba del cuello. La estampa me pareció sin sentido, aun sarcástica. Nadie puede fotografiar lo que no puede ver, que sería algo así como captar para la conciencia o la memoria. Cómo encuadrar en la lente el rostro que no existe para el ciego, cómo fotografiar la negrura, sombra impenetrable.



Elocuente sin proponérselo, hizo de su trabajo una experiencia común. Sin divagar, contó:
La obra pictórica carece de volumen, pero la maestría del artista nos hace sentir que podemos caminar por las veredas de su paisaje, tocar los árboles, retener en las manos la hojarasca del bosque. Trasladado el fenómeno visual al sentido del olfato, el ciego percibe una presencia física que ilumina la oscuridad de su vida.



No existe la persona sin olor y no existen dos olores iguales. En las mujeres es peculiar la efervescencia de su sexo, que allí ocurren sucesos inauditos, razón del mundo, nada menos. El ciego absorbe el aroma de una mujer en particular, principio del enamoramiento que poco a poco invadirá su propio cuerpo. Igual curre con el hombre sin mutilaciones que, entre posibilidades sin número, fija la mirada en los labios de una mujer.
Tomada la fotografía que tuvo por origen un olor peculiar, el proceso continúa en el laboratorio. Las computadoras y todo lo que las acompaña dan forma a los ascensos y descensos del cuerpo femenino, las avenidas de las piernas, los rincones sagrados. Con la placa en las manos, el ciego palpa y recorre el cuerpo de la mujer que adivinó en la magia del olfato. Sabe, o intuye, que entre la fantasía y la realidad no existe abismo alguno, que la imaginación no puede ir más allá de la realidad que la nutre.
El ejemplo es válido, dice Marco Antonio, para la nieve y el frió, el calor y el fuego, el canto del agua que refresca y limpia.